Leo Murakami mientras me dirijo a Tokio y releo Murakami mientras vuelvo. Son 14 días en los que la ciudad de Tooru Okada se me aparece como páginas del libro.
Calles estrechas del centro de Tokio
Para los que no hayan leído Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, les diré que es un gran libro, pero para los que no conozcan Tokio les diré que es una gran ciudad, y ahora que conozco ambos no puedo entender uno sin el otro. Tokio no es, como pensaba antes de empezar a descubrirla, un lugar imposible de vivir. Es gigante y caótica, sí, y por lo tanto difícil de entender y abarcar, pero tiene caras ocultas detrás de cada página de su historia diaria que merece la pena descubrir.
El pájaro-que-da-cuerda-al-mundo vive en un barrio de las afueras de Tokio, residencial, tranquilo, en donde las viviendas bajas se suceden como un conglomerado infinito de letras que se juntan para ser libro. Ahí viven la mayor parte de los habitantes, gente entre calles estrechas y pasajes estrechos que separan estrechas viviendas. Tooru Okada recorre pocas decenas de metros para ver a su amiga May Kasahara, va a hacer la compra a un pequeño supermercado de barrio y lleva su ropa a lavar a la tintorería próxima a la estación de tren más cercana. Ahí empieza un pequeño caos, son los núcleos de cada ciudad de las afueras. Se juntan centros comerciales, tiendas de alimentación, pequeños restaurantes de yakitori, y comercios abiertos 24 horas. Pero al pájaro-que-da-cuerda-al-mundo no le gusta ir más que si es estrictamente necesario, recoge la camisa que llevó su mujer antes de ir a trabajar, o queda en una tranquila cafetería con las extrañas hermanas Creta y Malta Kanoo. A él le gusta pasear por las estrechas calles llenas de bicicletas aparcadas a los lados, prácticamente sin coches que le molesten ya que no existen aparcamientos. Su silencio le permite liberarse de la presión de su pequeña casa alquilada. Desde que dejó de trabajar, sus labores del hogar no le dan excusas para ir al centro de la ciudad, y tampoco lo quiere así. Respira hondo mientras camina otro Tokio más relajante, el de la pequeña escala de las pequeñas cosas.
Pero llega un día que al pájaro-que-da-cuerda-al-mundo le empiezan a ocurrir acontecimientos extraños, su mundo interior se complica a cada página, el pozo en el que se sumerge le genera interrogantes a él y a nosotros, y la ciudad empieza a alejarse a cada metro que recorre. La luz queda arriba, entrando por una pequeña rendija que sólo deja pasar un pequeño rayo, le alumbra la mano y descubre su mundo interior. Es la ciudad oculta de Tokio, aquella que debemos recorrer si queremos descubrirla de verdad, dejando de lado la cámara y sentándonos a entender a la gente, al que está fabricando tatamis en su pequeña tienda dando a la calle y al que prepara para nosotros un plato de sushi. Miraremos entonces con ojos atentos la sutileza del uso exquisito de la madera o la tenue luz que pasa a través del shoji (papel en puertas correderas). Y será entonces cuando esta ciudad nos planteará interrogantes. ¿La ciudad del futuro debe encaminarse hacia el modelo del centro de Tokio? ¿Más bien hacia el modelo tradicional y compacto de los barrios residenciales? ¿Todo junto es lo que la hace funcionar?
Esos pensamientos nos mostrarán que la mayor parte de la gente no vive detrás de un neón de color rojo colgado como ropa tendida delante de un karaoke, aunque también veremos que es cierto que la ciudad tiene neones rojos, cables por el cielo y karaokes por todos lados. Nos mostrarán que esta ciudad necesita de ambas cosas, del caos y de la calma. Su ciudad se ha desarrollado en el tiempo manteniendo un respeto absoluto por sus tradiciones en una clara combinación con un radical uso de la tecnología y sus medios de expresión. Aquí se demuestra que por un lado la arquitectura ha dejado de ser, en mucha parte, un fin en sí misma y ha pasado a ser un mero soporte de información hacia el espacio público pero también que el reposo sosegado de un pensamiento longevo les ha llevado a sus habitantes a una sensibilidad especial en el uso de determinados elementos arquitectónicos.
El pájaro-que-da-cuerda-al-mundo lleva una vida diferente a la que pensamos desde tan lejos. No es que no sea una vida normal en un barrio normal, sino que es simplemente otra forma de entender la normalidad que se nos aparece sólo si miramos con algo más de atención. Sus páginas nos podrán decir algo cuando las recorramos. Yo lo aconsejo.
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