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Graham Parker: El artista popular, la tortilla de patatas y el puto bótox de los cojones.

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musica, cultura, arte
Por jandro
Actualizado 07-10-2008 18:28 CET

Reflexiones sobre estética y rock and roll a partir de la obra de un artista único.

"Cuidado, chavalín, que voy a por ti"

Imagino que lo primero que cautivó a los aficionados al rock & roll cuando en 1976 se publicó el Howlin’ Wind, primer disco de Graham Parker & the Rumour, debió ser la inconfundible voz del cantante, su personal forma de utilizarla: un escupitajo fraseado que destilaba mala baba, ironía, honestidad, inconformismo, convicción y cierta chulería guapa a partes iguales. Cualidades que treinta y pico años después, y surcadas naturalmente de la experiencia, mantienen vivo el brillo en los ojos. Alabado sea el señor (Parker).

Si algo transmite la voz de Parker es pasión, una pasión enrabietada que es su seña de identidad, con la que parece resumir una manera de enfrentarse al mundo y a la realidad a través de la música. Una actitud que puede apreciarse asimismo en sus fotografías, en las que vemos a un tipo canijo y cabreado y dispuesto a patearle el culo a quien ose invadir el espacio sagrado de su individualidad. Ése ha sido el vórtice de su estilo a lo largo de los años, el centro alrededor del cual ha hecho gravitar su carrera musical: el aullido irreprimible de una fiera que necesita enjaularse para no devorar al primero que se le acerque. Y la jaula escogida por Parker –los límites que decidió imponerse para estimular su creatividad– fue la canción pop/rock de hechuras clásicas, estrofa, estribillo, puente y los cuatro acordes de siempre. Teniendo talento y personalidad, ¿quién coño necesita más?

Quiero decir: Parker optó desde un principio por la autenticidad, ésa fue su apuesta. Nunca se propuso descubrir la pólvora, su objetivo era llegar a combinar los ingredientes de toda la vida de una manera única, personal. Con seis huevos, tres patatas y una cebolla se puede llegar a hacer una gran tortilla, una tortilla estupenda, sin que sea necesario deconstruirla ni tecnologizarla ni servirla en un puto bowl para que esté buena, joder: lo fundamental es practicar y ponerle cariño, que decía mi madre. Y aunque no se me ocurre nadie con menos pretensiones arty que el bueno de Parker, soy de los que opinan que sí, que se puede llegar a ser un verdadero artista de la tortilla de patatas, un verdadero artista popular. Como él mismo declaraba a finales de los setenta:

GP – “I mean, I just want to make records. I want a record cornpany to sell them, I want to be baked beans, a product. You know, because I don't care. The record speaks for itself. They ain't gonna change that. I think everyone should hear my records and buy them. I don't think that's unreasonable. I mean, I really don't think it is."

Así que tortilla de patatas o baked beans, lo mismo da. Pues lo cierto es que para moverse en ese terreno, el del rock enlatado en pop y/o viceversa, Parker demostró desde su primera grabación conocer bien la receta y tener un talento innato para convertir su producto –las canciones– en algo memorable. Canciones que hoy, para regocijo de muchos, continúa componiendo, y que siguen sonando tan frescas como la voz del capullo que las canta. La carrera de Parker ha tenido altibajos, por supuesto, pero a pesar de no haber accedido nunca al éxito masivo, y quién sabe si precisamente por eso, su libertad creativa ha sido total, y en la actualidad, al borde de la sesentena, continúa haciendo lo que le sale de las narices y pariendo discos que le permiten llevar la cabeza tan alta como siempre la llevó. Parker, caso extraño en el negocio musical, ha sabido envejecer con dignidad, y lo ha hecho manteniéndose fiel a sí mismo. Ésa fue su opción, y si nos atenemos a los resultados, hay que reconocer que no se equivocó, pues está claro que, transcurridas más de tres décadas desde la publicación de su primer elepé, el lozano sesentón sigue creyendo a muerte en lo que hace. Basta acudir a sus tres últimas referencias para comprobarlo: Your Country (2004), Songs Of No Consequence (2005) y Don't tell Columbus (2007) están llenos de aquella pasión genuina que puso como escarpias las cerdas de sus fans de finales de los setenta. Obras cuya escucha tiene, sobre el alma del oyente y multiplicado por mil, un efecto antiarrugas mucho más verdadero que el del puto bótox de los cojones en el careto de la peña. El bótox: ese potingue de mierda que petrifica la expresión sustituyéndola por un inenarrable jeto de mus visto. También en lo artístico y musical, quiero decir, y si no que se lo pregunten a Van Morrison.

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