BATTAMBAG (CAMBOYA).- Llegar al aeropuerto de Siem Reap y encontrarse con la bandera española recibiéndonos junto a la camboyana ya es casualidad. Pero estar paseando por un parque del pequeño pueblo que se asienta junto a los templos de Angkor y escuchar la Salve Rociera cantada por un grupo de niños camboyanos roza lo inaudito.
El artífice de ambas casualidades no es otro que el jesuita español monseñor Enrique Figaredo, Kike para todo aquel que le conoce, y su Centro Arrupe para la ayuda a Discapacitados por minas antipersona y polio,con base en la ciudad de Battambang (Camboya).
Javier y Teresa con algunos de los niños del centro.
Pero vayamos por partes. La bandera no nos recibía exactamente a nosotros. Estaba allí para despedir a la Reina Sofía que ese mismo día abandonaba Siem Reap rumbo a España después de su visita a Camboya, durante la que se acercó a Battambang para comprobar in situ los logros del centro. Y los pequeños que entonaban con entusiasmo la salve eran parte de los 42 niños que tiene el centro en acogida, que habían acudido a Siem Reap a participar en un festival benéfico para concienciar a la población de lo capacitados que están para el baile y las actividades artísticas, a pesar de que a todos ellos les falta un miembro, o más, de sus pequeños cuerpos.
Dándoles palmas y animándoles dos españoles, los únicos entre los voluntarios del Centro Arrupe: Javier y Teresa.
Javier Merelo, barcelonés de 30 años, llegó a Battambang en Septiembre de 2007, al quedarse atrapado por la sonrisa de estos niños: "Quise venir a conocerlo antes de comprometerme. Una mañana, al salir a correr para despejarme, pasé por delante de un niño en silla de ruedas al que le faltaban las dos piernas. Con la sonrisa mas auténtica que uno pueda imaginarse, alzó su brazo para que chocara mi mano contra la suya, y mis dudas se desvanecieron". Su trabajo varía en función de las necesidades del día. Principalmente, localizar a los niños discapacitados y a sus familias y convencerles de que aún pueden labrarse un futuro acudiendo a la escuela pública. Según Javier, la tradicional aceptación budista no ayuda en estos casos, ya que las familias se resignan en su mayoría a que su hijo o hija estén retirados de la sociedad. En el centro les acogen como si fuera un internado y les ayudan a acudir a la escuela pública, que muchas veces se encuentra a varios kilómetros de sus casas. Una vez que acaban el ciclo superior, acuden a un centro de discapacitados en Phnom Phen, en el que aprenderán oficios que les permitan ganarse la vida por sí mismos y, de paso, recuperar su dignidad.
Channeng, 19 años que aparentan bastantes menos, es un buen ejemplo del trabajo de Figaredo y sus voluntarios. En cuanto se percata de que somos españoles se acerca "corriendo" en su silla de ruedas: "Mi nombre español es Lázaro, pero me llaman Pelo Pincho", dice entre risas mientras se atusa un pelo que hace honor a su mote. Hace dos años una mina se llevó por delante sus dos piernas y un brazo, pero eso no le ha quitado las ganas de jugar al fútbol, bailar y reírse por cualquier cosa. Hace unos meses, estuvieron los tres, -Kike, Javier y Channeng - en España para hablar en contra de las minas racimo, y en breve volverán con el resto del grupo para pasear su arte del baile por Madrid y Barcelona. Y como Pelo Pincho, hay muchos casos, muchos más.
La región en donde se encuentra el Centro Arrupe es una de las más castigadas por las minas que se lanzaron durante los sucesivos conflictos bélicos que asolaron Camboya durante los años 70 y 80. Se calcula que allí está mas del 90% de este armamento, diseñado específicamente para no explotar en contacto con el suelo, sino con acción retardada al entrar en contacto con personas u objetos móviles. La mayoría de las víctimas hoy en día son niños que juegan con sus amigos en el campo y tienen la desgracia de dar un paso en el lugar equivocado, o campesinos que se encuentran trabajando, y a los que el accidente relega a la pobreza. Sólo el año pasado las minas causaron más de 350 accidentes. Figaredo, conocido también como el "obispo de las sillas de ruedas" se instaló definitivamente en Camboya en 1991 y diez años después se hizo cargo de la Prefectura Apostólica de Battambang, ampliando con ello su labor de ayuda.
Teresa Llana, asturiana de 26 años, irradia alegría y ternura. "Guapa, guapísimo", les dice constantemente a los pequeños. Y ellos sonríen, con esa sonrisa cautivadora que no solo se refleja en sus labios, sino que se les sale por los ojos a raudales y se extiende por sus cuerpos como una corriente eléctrica, y que me hace envidiar a estos dos jóvenes que han cambiado las comodidades de una vida en casa, con sus amigos y familiares, por las sonrisas inmensas de estos 'hijos del monzón'.
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