A Coruña.- Iñaki Zunzunegui, doctor en Derecho y magistrado de la Audiencia de Guipúzcoa, en la que se juzgó el caso Jokin sucedido en 2004, esta hoy en A Coruña en una Jornada de Convivencia Escolar, en la Fundación María José Jove, pero antes concedió una entrevista a Efe en la que subrayó que "el acoso escolar" no se puede banalizar y es una violencia de primera magnitud.
Fotografía de archivo del lugar en Hondarribia (Guipúzcoa) donde Jokin C.L. se suicidó el 21 de septiembre de 2004 por el acoso escolar al que fue sometido por ocho jóvenes.
Pregunta.- Acoso y violencia escolar, un problema en las aulas, pero ¿distintos?
Respuesta.- Sí y es básico diferenciarlos. La violencia es un acto esporádico, coyuntural, controlado en el tiempo, mientras que el acoso es una humillación continuada, un hostigamiento y una vejación prolongada en el tiempo. Además, existe otro factor clave, mientras la persona acosada es una, las agresiones se hacen en grupo, asimetría que hace que la vulnerabilidad de la víctima sea máxima.
P.- ¿Y se pueden establecer causas para esas acciones?
R.- Las variables son muchas, suele ser algo que caracterice a la víctima. Puede ser desde la forma de vestir, el carácter, su entorno cultural. En definitiva, son muchos los factores que pueden intervenir, a lo que hay que añadir la edad en la que se da, la adolescencia.
P.-Y en la víctima ¿Las consecuencias? Muchas veces cuando se detecta un caso es tarde ¿Por qué se tarda en decirlo?
R.-La edad es decisiva. Hay que pensar que estamos en una etapa de transición y la agresión proviene del grupo en el que, en principio, quieres verte reconocido y eso descoloca. Cuando un menor se da cuenta de lo que ocurre, la vergüenza y pensar que los focos se colocan sobre su vida íntima hace que calle.
P.-¿Cómo y quién puede detectarlo?
R.-Observar los cambios radicales. La inapetencia, la tristeza, y sobre todo, sus cambios en la forma de relacionarse, evitar los juegos en grupo, los espacios libres y recluirse en casa son luces de advertencia. El menor va cayendo en un vaciamiento anímico. El conocimiento y cercanía de su familia y el entorno escolar son básicos para la detección.
P.-Y cuando consigue contarlo ¿Cuál debe ser la reacción?
R.- Lanzar un mensaje de protección y de seguridad y lograr que se perciba, que dentro de su situación emocional pueda ver apoyo y sentirse bien.
P.-¿Cuál es el marco legal bajo el que se juzgan este tipo de hechos?
R.- Estamos ante un delito contra la integridad moral, contra la dignidad de alguien. Teniendo clara esta premisa, existen dos alternativas: la de la justicia restaurativa, a través de la mediación, donde se intenta reparar una situación quebrada y donde las dos partes están de acuerdo, o el internamiento.
P.-¿En ambas deben estar también de acuerdo los progenitores?
R.-Sí, todos estos procesos encierran una gran complejidad. Se trata de buscar un equilibrio entre partes que de raíz son asimétricas, donde una es la fuerte y otra la agredida, por lo que hay que tener también mucha información del entorno. La respuesta estará muy mediatizada por el comportamiento de la familia, no podemos pensar, por ejemplo, en una libertad vigilada en un familia que permita conductas violentas.
P.-Han pasado cuatro años desde el caso Jokin ¿Qué sigue fallando?
R.- Es una realidad grave que existe, no por número sino por su importancia, no podemos banalizarlo con que es cosa de chiquilladas, es una violencia de primera magnitud, por eso no podemos ubicarlo dentro de la violencia en las aulas, sin quitarle a esta la relevancia que tiene.
P.-Y ¿los avances?
R.- Queda mucho por recorrer, pero la puesta en marcha de intermediación judicial, de sistemas preventivos de educación, de mayor concienciación en la sociedad ha ayudado mucho, aunque hay que seguir trabajando en implementar mecanismos en la educación que dificulten estas situaciones.
P.-Por su experiencia ¿cuanto suele prolongarse una situación de acoso?
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