No es fácil definir qué es un líder, pero, como la belleza, resulta sencillo reconocerlo cuando estamos ante él. En todo grupo humano estructurado, en todo sistema, sea éste una familia, una pandilla de amigos, una empresa o un partido político, hay un líder, alguien que ejerce las mayores cotas de poder. Clásicamente se distinguen tres tipos de liderazgo: el autoritario, el democrático y el laissez- faire (el que deja hacer).
El liderazgo autoritario puede ser eficaz en ciertas circunstancias, pero tiende siempre a llevar al grupo a situaciones regresivas que limitan el crecimiento psicológico. El líder autoritario ordena y manda con firmeza, mientras que el resto ejecuta y obedece sumisamente. Con cierta frecuencia el líder autoritario va progresivamente caricaturizándose y suele acabar en la tiranía. En el otro extremo estaría el líder que deja hacer y no ejerce ninguna influencia, el grupo tiene total libertad para determinar los objetivos y las estrategias. En realidad es un líder que renuncia al liderazgo, que se inhibe en su tarea y abandona al grupo a su libre evolución. El liderazgo democrático es el que crea más espíritu grupal, más comunicación entre sus miembros. Es el grupo el que determina los objetivos y los procedimientos. El líder democrático basa su liderazgo en su identificación con el grupo y en su pericia y competencia, aportando alternativas si se hacen necesarias.
Desde un punto de vista más psicológico, podríamos hablar de un liderazgo saludable y positivo frente a otro estilo de liderazgo que es enfermizo y negativo. El liderazgo positivo, independientemente de cuál sea su estilo, en cuanto al predominio mayor o menor de la autoridad o de la democracia, se fundamenta en un respeto mutuo y en la capacidad para generar confianza. Por el contrario, en un liderazgo enfermizo la dinámica es muy distinta y el sentimiento de respeto mutuo desaparece. En el líder predomina la soberbia y en el sometido, el temor, el rencor, la rebeldía o el odio.
Los líderes que ejercen el poder de forma tiránica suelen presentar rasgos de personalidad narcisista. Este trastorno de personalidad tiene como rasgo fundamental la megalomanía, esto es, un exagerado concepto de su propio yo. Andan enamorados de sí mismos y con escaso interés por los otros. Narciso, en la mitología griega, era un bello adolescente que quedó fascinado al contemplar su imagen en el espejo de un estanque y desoyó los requerimientos de la ninfa Eco, muriendo allí ensimismado y convirtiéndose en flor. Los narcisistas son ególatras y egocéntricos. Ávidos de prestigio y en su relación con los demás se mantienen distantes y mirando desde arriba a los otros. Se sienten superiores a todos. Sus relaciones interpersonales suelen ser conflictivas por la falta de empatía derivada de su posición de superioridad.
En la dinámica profunda, a un nivel inconsciente, el narcisista precisa ejercer el poder para mantener la integridad de un falso yo. En el fondo son personas inseguras y con sentimientos de inferioridad que mediante un mecanismo de defensa se transforman en lo opuesto. De hecho, en la historia infantil encontramos casi siempre una fuerte carencia afectiva y esta circunstancia parece ser el factor decisivo que origina el trastorno de personalidad.
Sin entrar en el ámbito de la Psiquiatría, podríamos analizar también la personalidad del que ejerce el poder con tiranía teniendo en cuenta lo que nos aporta la sabiduría perenne. Hay una correspondencia entre el trastorno de personalidad que hemos descrito y el pecado de la soberbia. En nuestra cultura judeo-cristiana, la soberbia es el primero de los pecados capitales, es el pecado de Lucifer. La soberbia no es sólo el mayor pecado, según las Escrituras, sino el primero de los pecados, la raíz de todos los demás. También en la tradición islámica se dice: "No entrará en el Paraíso aquel que tenga un gramo de soberbia". Y en la antigua Grecia era Hybris la personificación de la soberbia, caía en ella todo aquel que pretendía ser como los dioses.
Los líderes tiránicos están ávidos de prestigio y en su relación con los demás se mantienen distantes y mirando desde arriba a los otros: se sienten superiores a todos
San Agustín decía que la soberbia no es grandeza, sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano. Detrás de su apariencia de grandiosidad el soberbio esconde su propia flaqueza. Es el dime de qué presumes y te diré de qué careces. La soberbia es debilidad, mientras que la humildad es fuerza. El soberbio puede ser inteligente y astuto, pero sólo en la virtud está la sabiduría.
Con demasiada frecuencia los tiranos, impulsados por su ambición y su desesperado deseo de poder, llegan a ser líderes. El líder tiránico no escucha a nadie, ordena y manda, se muestra distante, no tolera que le ensombrezcan, lo sabe todo, no crea grupo y mete miedo. Por el contrario un liderazgo positivo y sano tendrá características muy opuestas. Un buen líder sabe hacer valer su fuerza sin caer en la agresividad y sabe guiar sin humillar. Como podemos imaginar no es nada fácil, es por eso que abundan tan poco. Y es por eso que en todos los ámbitos sociales andan en su búsqueda. No hay recetas para fabricarlo, pero quizás pueda ser útil como aproximación este decálogo del buen líder:
*El doctor Benito Peral es psiquiatra clínico y colaborador de soitu.es
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