NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS).- Para muchos hacer la colada es un engorro, sobre todo cuando llega la ardua tarea de planchar. Para otros, sin embargo, es relajante. Sea como fuere, esa actividad en Nueva York tiene mucha más enjundia. Primero, porque se hace en público, con lo bueno y lo malo que conlleva; y segundo, porque uno sabe cómo entra la ropa en esas máquinas pero no cómo sale.
Hacer la colada en Nueva York es toda una experiencia.
Las lavadoras son en Estados Unidos electrodomésticos de lujo.De ahí que uno de cada tres locales sea una lavandería. No hay actividad más humana e igualadora que hacer la colada. Al fin y al cabo todos tenemos que lavar nuestros trapos sucios. Desde antaño los lavaderos han sido lugares de reunión. Se charla, se intercambian impresiones y, cada poco, se lava. Por eso, si nos abstraemos, seremos capaces de registrar la inmensa riqueza lingüística, cultural y social que tenemos ante nosotros.
Doce de la mañana. Con la ropa metida en una bolsa bajamos a hacer la colada. Primer obstáculo: entender la máquina. Parece simple, solo hay tres programas: caliente, templado, frío. Pero en realidad nosotros solo tenemos una duda: ropa blanca o ropa de color. Lo demás (tejido, textura, duración de programa) sigue siendo una incógnita.
Siguiente obstáculo. Tres cajetines para meter jabón y suavizante. ¿Por qué hay tres si solo tengo dos productos? No importa. Cerramos los ojos y le damos a 'comenzar'. No se sabe si la máquina nos devolverá la ropa entera o tendremos que comprarla toda nueva. Mientras rezamos en silencio, algo atrae nuestra atención…
A 8 dólares el kilo de ropa, se puede rehuir el escarnio público y dejar que otro nos lave nuestros trapos sucios.
Es Spanglish. Con más de 8 millones de habitantes Nueva York tiene de todo menos americanos. Aunque exageramos es, en parte, cierto. Cerca del 36% de la ciudad es inmigrante y, de ellos, al menos un 19% son hispanos. Por eso no es extraño que en cuanto se dan cuenta de que eres hispanoparlante te contesten en español. Así las cosas, aprender inglés puede ser una tarea tan complicada como lavar la ropa.
Aquí cada uno combate el tiempo como puede. Unos miran atentos el tambor viendo cómo su ropa marea la suciedad. Otros más precavidos se han traído algo para leer. Aunque no importa. Esto es como la peluquería, hay revistas de cotilleo para que no te aburras. O si no, y depende del humor que tengas ese día, siempre hay una persona dispuesta a conversar. Quizá el tiempo, tu lugar de origen, o el motivo por el cual viniste a Nueva York. sean el centro de la conversación. Infinidad de temas, dos horas pueden resultar eternas.
Pero ¿qué somos sino seres sociales? Estamos compartiendo nuestras intimidades con esas personas así que por qué no amenizar la velada con un poco de charla. No vamos a guardar nuestra historia celosamente mientras doblamos nuestras prendas más intimas delante de todo el establecimiento. Apartar la vergüenza: primera norma para sobrevivir. Sin embargo, hay salvación para aquellos que no tienen tiempo ni ganas de descubrirse ante el gran público. A 8 dólares el kilo de ropa, se puede rehuir el escarnio público y dejar que otro nos lave nuestros trapos sucios.
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