Allá donde brota la vida hay un chef al quite, con su cuchillo al cinto. Y las cocinas no son más que salas de autopsia a las que llegan ejemplares de todo tipo para su desguace.
Dice mi hermana Elena que en los fogones todo es muerte, víscera y cadáveres en plena descomposición y que no somos más que asesinos sanguinarios, pues nos pirran los fetos, la sangre, el cuajo y los cuerpos mutilados que tengan posibilidades en la olla: tendones, patas, pies, manos, cabezas, colas, tripas, sesadas, morros, vejigas, rodillas, orejas, huesos, ojos, cogotes, médulas, zancos, hígados, corazones, pulmones, riñones, criadillas, lenguas, mollejas o rabos.
Nos da igual carne que pescado, matar una mandarina, torturar una gamba o sodomizar un pato de grano, introduciendo el dedo por su recto para hacer un paté con sus entrañas. Los cojones salteados, por cierto, están bien buenos. Ya perdonaréis el escándalo.
Sólo sé que no hay mejor forma de dar descanso eterno a un congrio que enterrándolo en escabeche.
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David de Jorge y Hasier Etxeberria, autores del libro "Porca Memoria" (Ed. RBA), publican y guardan aquí sus inspiraciones gastroliterarias. O algo así.
Gracias por la receta y por estos momentos tan divertidos. +
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Sólo 28 de los 204 bancos y cajas acudieron ayer a la subasta del Gobierno.
Bleda y Rosa, Premio Nacional de Fotografía.
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